Catolicismo y arte contemporáneo (II) Marie-Alain Couturier

“Esto que atrae nuestro amor en la hermosura de las criaturas o en nosotros mismos corresponde -en nuestros seres y en el propio corazón nuestro- a un Amor primero: amamos a seres que son bellos porque han sido amados; y a los vestigios de aquel primigenio amor, cuando les amamos, nuestro corazón se acoge. Aquella voz misteriosa de la belleza que incita a nuestro corazón, es eco de otra voz y de otro corazón”  Couturier

Este texto pertenece al religioso dominico Marie-Alain Couturier (1897-1954), figura central de un cambio de perspectiva en las relaciones entre el arte religioso y el arte contemporáneo.  Antes de tomar los hábitos, en su juventud, es soldado en la I Guerra Mundial y después estudiante de arte. Es miembro de Los Talleres de Arte Sacro y codirector, junto al sacerdote Pie-Raymond Régamey (1900-1996), de la revista El Arte Sacro.

Couturier conversando con Picasso.

Couturier conversando con Picasso.

Como otros artistas de su tiempo, Couturier se plantea el camino a seguir para revitalizar el arte religioso. Según él, el arte cristiano, visto los resultados de los siglos XIX y XX, no ha obtenido nada positivo de su aislamiento con respecto a las corrientes artísticas de vanguardia, pues solamente ha sido capaz de producir un arte edulcorado que repite una y otra vez fórmulas antiguas. Estas fórmulas sólo tienen su razón de ser en las épocas en las que son creadas, pero en los tiempos presentes carecen totalmente de la vitalidad que necesita un arte que quiera ser parte de una cultura viva.

Llega a la conclusión de que el problema del arte cristiano no es un mero problema artístico, sino que se debe principalmente a que la cultura occidental ha dejado de ser cristiana.

“Las causas esenciales de la decadencia del arte sagrado no son de orden artístico, sino más bien proceden de lo religioso. Esta decadencia está ligada a la declinación del espíritu cristiano en el mundo occidental. Siempre el arte se origina en las esencias de una civilización y no siendo ella cristiana, tampoco es posible hablar de un arte cristiano.

El arte, demasiado espontáneo, está con exceso fundido a la vida de una época y de un pueblo, para que siendo verdadero, especialmente si sufre sujeción a ciertas influencias colectivas, pueda nacer y expandirse, ajeno a esta vida. Si existe hoy decadencia del arte cristiano, es porque la vida cristiana en Occidente ha disminuido, ha cesado de su primitiva intensidad”  Couturier

Se lamenta de que justo en un periodo de la historia en la que el arte vive un momento de gran fecundidad y renovación, el arte religioso se haya empobrecido. A la vez, lamenta que los más insignes artistas contemporáneos no hayan tratado, excepto en casos muy excepcionales, la temática religiosa en sus obras debido a que la vida cristiana no ha iluminado su espíritu, ni viven en una sociedad cristiana que de modo natural les haya inspirado.

“Bastante ha perdido el arte desde que sus cultores  se han apartado de las más altas fuentes del espíritu. Durante siglos, la inspiración religiosa había sido el alma y la razón de ser del arte occidental. No por una íntima exigencia recíproca, sino simplemente porque la fe animaba entonces la vida social y la entera vida personal.

Cuando se rompió esta unidad de la vida y la fe, el arte buscó otras fuentes, menos elevadas y puras, pero que le permitieran su renovación sucesiva. […] Hoy, las grandes corrientes del arte han llegado a ser absolutamente ajenas a la vida de la Iglesia […] el arte actual de la Iglesia no es un arte vital, ni dispone de ninguna de las condiciones primordiales de un arte vivo”  Couturier.

Ante este problema, Couturier propone que a la dificultad de encontrar grandes artistas que sean cristianos, se convoque a los más grandes artistas de su tiempo, aunque no sean creyentes, para encargarles a ellos los proyectos religiosos. La única condición es que siempre estos artistas deben ser guiados, facilitarles ideas y temas, y contar con la voluntad del artista para realizar un camino de interiorización y profundización en el sentido y finalidad de la obra religiosa que tiene entre manos.

Gracias a la amistad de Couturier con los más grandes maestros de su tiempo, puede convencer a un gran número de ellos para que acepten encargos religiosos. Dos de los ejemplos más claros fruto de las influencias de Couturier son  la Capilla del Rosario de Vence (Francia), diseñada y decorada por el pintor francés Henri Matisse (1869-1954) en sus últimos años de vida, y en el Templo de Nuestra Señora de Gracia en Assy (Francia).

En esta última encontramos el exponente más completo de arte religioso contemporáneo, pues reúne obras de un gran número de artistas como Georges Rouault (1871-1958), Georges Braque (1882-1963), Marc Chagall (1887-1985) y Henri Matisse (1869-1954), entre otros.

Exterior del templo de Nuestra Señora de Gracia

Exterior del templo de Nuestra Señora de Gracia.

En este proyecto Couturier pretende reunir a los más grandes maestros contemporáneos que estén dispuestos a prestar su genio, sensibilidad y visión de la trascendencia a una obra religiosa. Es el arquitecto francés Maurice Novarina (1907-2002) el encargado del proyecto arquitectónico.

Interior del templo de Nuestra Señora de Gracia

Interior del templo de Nuestra Señora de Gracia.

Este proyecto religioso, así como el ideal artístico que representa, tiene una buena acogida dentro del sector intelectual católico más progresista, pero no fue igual en otros sectores del catolicismo más tradicional, los cuales fueron muy críticos con el templo de Nuestra Señora de Gracia, en especial con el crucifijo diseñado por la escultora francesa Germaine Richier (1902-1959).

Crucifijo (1950) de Germaine Richier

Crucifijo (1950) de Germaine Richier

Se quejan principalmente del modelado deformado del cuerpo de Jesucristo en la cruz, en el que se presenta una cabeza que no posee ningún rasgo característico de un rostro humano. Piensan que este tipo de escultura, más que una ayuda, es un obstáculo para infundir piedad en los fieles. La polémica finaliza con la intervención del obispo de Annecy, quien mandó retirar el crucifijo del templo

“La polémica entre los partidarios del arte moderno en los lugares de culto y quienes se oponían a ello- la llamada querella del arte moderno- fue llevada varias veces a Roma. En 1952 el Santo Oficio emitió la instrucción De Arte Sacra en la que se enfatizó la vinculación entre la liturgia y el arte sacro y se pidió a los artistas no utilizar imágenes inusuales o que no estuvieran en conformidad con el uso aprobado de la Iglesia.

Durante los años posteriores a esta resolución y hasta el comienzo del Concilio Vaticano II en 1963, disminuyeron los emprendimientos eclesiales con impronta moderna y se volvió en muchos casos a la solución del revival” Gorostiaga.

Pese a la instrucción De Arte Sacra, algunos sectores dentro del catolicismo apoyan la corriente de pensamiento sobre arte religioso que propone Couturier y mantiene abierta la reflexión sobre la problemática del choque del arte moderno con la tradición religiosa.  Uno de los sacerdotes que defiende esta postura es Giovanni Battista Montini (1897-1978), conocido posteriormente como Pablo VI.

 

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